2007/04/23

¡Hay que follarse al orgullo!

Orgullo, palabra fácil de definir aparentemente, pero ciertamente complicada de expresar una vez nos decidimos a ello.

Esta última semana he tenido ciertos problemas catarrales que me han mantenido en la cama, en estado quasiletárgico durante cuatro días seguidos, sin capacidad para leer, escribir, mirar los foros o siquiera preparar los tres exámenes que tenía a la vista. Total, que por hacer algo útil, me he dedicado a permanecer dormido veinte horas al día y prepararme para las semanas que me esperan.

Entre cabezadita y cabezadita, saqué un par de horas en las que la cabeza me dio tregua para ver “Martin H”, una película de Adolfo Aristarain, de 1997. Los actores se reducen a cuatro, básicamente: Federico Luppi (Martín), Juan Diego Botto (Hache), Eusebio Poncela (Dante) y Cecilia Roth (Alicia). A cada cual más brillante. Me encantó la forma de tratar las drogas, aunque no sea el tema principal, si es que hay alguna. Me encantó la espontaneidad con la que se echaban los trastos a la cabeza los personajes entre sí. Me encantó lo jodidamente excéntrico que es Martín. Cómo Dante vive la vida al libre albedrío. Y lo colada que está Alicia. Con Hache en medio, sin saber si va o viene. Algunos fragmentos que me gustaron:

Hache: Madrid me gusta, no me importa tener que quedarme. Pero en tu casa también sobro, vos no queréis que viva con vos.
Martin: Estás hablando al pedo, no es así para nada. Lo que pasa que no es fácil. Para un tipo que vivió cinco años solo, que tiene su rutina, que además es medio maniático y encima tiene un carácter medio podrido, no es fácil cambiar de golpe. Ya de por sí no es fácil convivir, imagínate lo que me cuesta a mí.

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Martín: Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también los extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental, la patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucunamo o con un santeño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Estadísticas. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos, y eso sí se extraña.

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Dante: Algunas te dan placer, pero no todas. Te pueden dar pánico o hacerte sentir una angustia insoportable. Yo no soy un adicto H, digo que soy un adicto para escandalizar a los pacatos. Me apasionan las drogas, he probado todas las que he podido conseguir. Me fui a Méjico nada más que para conocer el Peyote. Pero nunca lo he hecho para buscar el placer o para ser feliz o para no afrontar la vida. Las drogas son maravillosas porque te abren la mente, te hacen comprobar que la verdad no existe que todo es relativo. La droga te da otra visión, otra dimensión. Te hace ver que nada es lo que parece. Nada es. La única realidad es tú realidad y serás lo que tú seas capaz de ver.
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Dante: A mi no me atraen un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda. Bueno, no es que no me atraigan, claro que me atraen, me encantan. Pero no me seducen. Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia. Me seducen una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar. La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes. ¡Hay que follarse a las mentes!

Dejo de copiar, porque no es plan de desmontar media película sacrificando mis muñecas para ello.

A lo largo de toda la película, fui produciendo una sensación de amor-odio con el personaje de Martín. Es obstinadamente borde, excéntrico, arrogante y ofensivo. Pero con un toque de humor irónico-sarcástico que me resultaba familiar, e incluso cercano. Es maniático y a menudo no dice las razones por las que actúa, sean para bien o para mal. No expresa afecto, aunque quiere con locura. Sufre, pero solo. Vi, salvando las distancias, un espejo. Alguien a quien coger asco muy fácilmente, pero a quien se puede querer conociéndole un poco, o odiar aún más.

El mismo viernes, para desahogar la mente de una vez, después de tenerla encerrada entre cuatro paredes una semanita. Fui de cena con unos amigos y a dar una vuelta después. Al volver, llegué al metro y quedaban 28 minutitos de nada. Entre maldiciones y menciones de la querida mamá de quien hizo los horarios, me puse a pensar en la película.

Tras unos poco minutos, cogí el móvil y sin querer escribí: ¿Qué es el orgullo sino esperar a que otros den el paso que nosotros no tenemos valor para dar?

Inconscientemente, digo, porque estaba dormido ya casi, fui acordándome de todas las discusiones absurdas que he tenido por no tener valor para pedir perdón. Por esperar a que sea otra la persona que se acerque a darme un abrazo. Incontables son los detalles absurdos que me han acarreado noches de enfado por no acercarme a decir: no, no tenía que haberlo hecho. Las contestaciones salidas de tono que he dado, faltando a quien debería dedicar sólo halagos. ¿Por qué regalar una sonrisa a cualquiera y no cualquier gesto a una sola persona?

Como Martín, tengo la extraña sensación de perder lo que más quiero, no por indiferencia, sino por desidia. Por dar por explicadas tantas cosas que no lo están. Por cometer los fallos que después critico, no dándome por aludido. Porque “Una velada maravillosa” puede suceder cualquier noche, “La estadística” no falla, los trenes no pasan indefinidamente, y el “Proyecto hombre” no va a recibir subvenciones de por vida…

La gente se cansa, y es entonces cuando la absurda cabeza se da cuenta de que era mejor cuando la tenía. Es entonces cuando te das cuenta de que igual tenía razón y no está mal torcer el brazo de vez en cuando. Que las cursiladas no lo son tanto cuando dejas la vergüenza en casa. Que si la dejas para la forma de vestir puedes hacerlo también para actuar. Que de los fallos hay que aprender. El pasado hay que dejarlo a un lado, encogido y chiquitín, pero sin olvidar que está ahí, para no volver a errar.

Es asqueroso dejarse pisar por no tener valor para negar lo absurdo. Más lo es no estar dispuesto a aceptar un fallo, que los tenemos, y muchos.

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