2007/10/14

Delator de mis acciones

11 Octubre 2007


Hola, ¿Cómo estás? ¿Te sorprende que te escriba? Tanto tiempo, es normal. Pues es que estaba aquí solo. Me había puesto a recordar. Me entró la melancolía y te tenía que hablar. [1]

¿Recuerdas aquella noche en un pueblo perdido en medio de Navarra? Eran fiestas. Fuimos con nuestra tienda de campaña a probar algo nuevo. Cargadxs con las mochilas repletas de bártulos, ropa, comida... cogimos un autobús pronto por la mañana y, tras algún que otro incidente con el cambio de coche en una parada intermedia, nos plantamos allí a última hora de la tarde. Exhaustxs por el viaje, con ganas ante los cuatro días que nos esperaban.

Montamos todo en aquella campa abarrotada y nos tumbamos a mirar el cielo entre gritxs de unxs y el olor a sardina chamuscada de lxs de más allá. Cuando las fuerzas vinieron a nuestro encuentro, tras haber realizado los pertinentes ejercicios químicos y papirofléxicos, marchamos al centro del pueblo. Con cada paso en el camino que nos conducia, los ojos se nublaban un poquito más, el equilibrio empezaba a resultar bromista y la lengua se empeñaba en producir sonidos aleatorios.

Estuvimos allí un rato bailando, intentándolo al menos. Cuando hubimos de movernos a algún bar o txozna, como era costumbre en mí, te agarré de la mano. Para no perderte en el gentío al principio; para no perderte, a secas, pasado un rato. Poco a poco mi mano se acercó más a ti, hasta cambiar la tuya por la cintura. Seguimos caminando lentamente, y la segunda también contempló como alternativa viable completar la simetría. Ambas, sin yo quererlo, creo, te atrajeron hacia mí, suavemente pero en ascensión progresiva, siguiendo una función que, de ser posible, se parecería bastante a ésta:


Donde dist0 es la distancia original entre tú y yo, F cuánto te atraigo hacia mí y dist la distancia final entre nosotros. Si intentamos resolver las unidades, nos da un fallo bastante curioso, pero es lo de menos. Vamos, lo importante es que el ímpetu con que te acercaba era mayor conforme la distancia se reducía, hasta llegar a un maravilloso equilibrio, un gran y ovalado equilibrio: el cero. Matemáticamente infinita era la fuerza que ejercía sobre tí, y así me lo parecía, aunque dudo que mis biceps alcancen tal valor ideal. Sí, acabo de mirarlos y definitivamente es imposible.

Aprovechando tan curioso estado físico y perfección expresiva, en un descuido, o quizá no, mis labios rozaron tu cuallo, húmedos, calientes, un poco ebrios también, ¿para qué negarlo?, y te susurraron algo, no recuerdo qué. Tu primera impresión fue de sorpresa, pude notarlo, pues tensaste ligeramente todos tus músculos en un impulso incontrolado y mis manos se mantenían custodiando tus caderas. Después, relajada ya, y con un leve giro, me respondiste con un pequeño beso, tímido. Los ojos se entrecruzaron un instante, y sobraron las palabras para adivinar el siguiente paso. Discretamente, dejamos al resto entre tragos y risas.

Llegamos a la tiendo. ¿Cómo y cuanto tardamos? Ni idea. Allí estábamos, entre esterillas y sacos, tumbados, abrazados. Optamos por preparar un último plato cilíndrico con arroz y algo de aliño para llenar la tripa. Pronto se volvió humo, consumido lentamente, con una luz ténue pero ardiente, como lo era la situación, y sólo quedaron de él pequeñas alteraciones de la percepción. Una sensibilidad amplificada, unos impulsos incontrolables. La fiesta volvía a empezar...

Movimientos suaves, delicados, se sucedían y alternaban con otros más rudos, violentos. Nos fundimos en un largo beso que erizó hasta el último pelo de mi cuerpo. El tiempo se paró, aquel instante se volvió eterno, pero no importaba. Sería capaz de haberme quedado bloqueado en aquel éxtasis per secula seculorum. Tu lóbulo tomó protagonismo después. En él me entretuve un rato, mientras mi mano seguía recorriendo tu cadera, acariciando dúlcemente tu piel. Instintivamente, el cuello le siguió y, habiendo desaparecido ya la camiseta como por arte de magia, tus pezones se convirtieron en el mejor de los entretenimientos. Duros, durísimos, aguantaban estoicamente la lucha contra mi lengua. El músculo más fuerte estaba perdiendo la partida.


Mientras tanto, la mano seguía su camino, agarrando con fuerza tus nalgas, acariciando tus muslos después. Girando lentamente hasta alcanzar su parte interior, con cuidado, mucho cuidado. El menor paso en falso podría echar por tierra el camino recorrido. Dando la batalla por perdida, bajé la cabeza poco a poco, del canalillo al ombligo, con leves besos, cálidos leves besos. La frontera delimitada por el cinturón me detuvo por un momento. Allí me quedé palpando con los labios y buscando la mejor vía de acceso. Los dedos habían alcanzado ya zona de alto riesgo y estaban a punto de rozar el fin de su vertiginosa ascensión entre tus piernas. Con el mayor cuidado que permitía la situación y un leve giro, quedó libre el botón que mantenía los pantalones aún en su sitio. La cremallera se abrió, sola diría yo. Una cinta a rayas me recordaba todavía que el camino no estaba recorrido, quedaban pruebas por superar. Te miré a los ojos, impacientes, temerosos, mezcla de querer y duda. Un beso bastó para acabar de convencerte y recibir el permiso no escrito. Mis manos, con más cuidado si cabe, apartaron la última valla que les impedía el paso y se dispusieron a explorar terreno vedado. Húmedo y ardiente terreno el que hallaron. Tus ojos se cerraron, de tu boca surgieron, en aquel momento, discretos sonidos que mi mente pudo interpretar como señal de placer, de satisfacción.

Tu cuello, casi olvidado ya, reclamó la atención de mi boca y a esta no le quedó más remedio que corresponderla. A mis oídos llegaba clara tu respiración, sentía el aire correr por tu interior, mensajero de sensaciones, delator de las acciones, de mis acciones. La lengua recordó una tarea pendiente y volvió a atacar a unos pechos esta vez desprevenidos. La guerra había comenzado: mis tropas armadas con huellas dactilares y papilas gustativas intentaban sin descanso derribar las tres firmes torretas que tu cuerpo poseía.

¡Pum! ¡Niiiinoooo! ¡Bang! ¡Riiiing! ¿Qué pasa? ¿Llama tu padre a la puerta? No hay puerta. ¿Viene la policía?¿Cuantos años tienes? No hay luces, no son ellos. ¿Un tiro? ¿Una bomba? Tampoco.

Son las seis de la mañana, hora de ir a clase. Nuestra aventura tendrá que esperar, una vez más.

--------------------------------

[1] 20 de Abril – Celtas Cortos

2 comentarios:

Anónimo dijo...

menuda kotxinada! eso es lo que os enseñan en la ikastola?

Opositivo dijo...

Eso cuando no estamos hablando de perros, del porqué de la forma tan característica del órgano sexual masculino, o incluso de los tipos de orgasmo de que puede disfrutar una mujer... siesk tenemos unos profesores que para qué contarte...