2007/12/15

La bóveda de mi cabeza

He vivido en mi dimensión, en mi realidad alternativa, en mi mundo de ilusión. Una inexistente burbuja ha cubierto mi existencia, ha filtrado las señales y parapetado la lógica. Una absurda legión de sueños ha atacado cada intromisión de la cordura.

Mientras tanto, el mundo ha seguido girando, el tiempo parece haber/se corrido. Los años han asesinado a la inocencia, ésta ha muerto degollada entre piernas. Las furtivas caricias han huído, dejando paso a bruscos, torpes abrazos. Se han esfumado los besos, han ganado en profundidad y suenan ahora más que nunca. Retumban en una enorme bóveda al ritmo que se proyectan imágenes en sus difusas paredes. Flashazos de realidad. Con cada nuevo gemido una postura diferente, una persona diferente, un sitio conocido. Un chirrido familiar, una colcha en el recuerdo, una alfombra ya usada. La bóveda de mi cabeza ha caído tras los múltiples ataques de éstos últimos días y no le ha quedado más remedio que despertar.

He vivido en mi realidad alternativa, mientras las piernas se abrian, los besos volaban, la inocencia moría.

“Estoy bien aquí, en mi nube azul,
todo es como yo lo he inventado.
Y la realidad: trozos de cristal
que al final hay que pasar descalzo.”
Trozos de cristal – Fito y Fitipaldis

2007/12/10

La peste

Albert Camus


Pág. 30

“Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: sentirlo en toda su lentitud. Medios: pasarse los días en la antesala de un dentista en una silla inconfortable; vivir el domingo en el balcón, por la tarde; oír conferencias en una lengua que no se conoce; escoger los itinerarios del tren más largos y menos cómodos y viajar de pie, naturalmente; hacer cola en las taquillas de los espectáculos, sin perder su puesto, etc., etc…”

Pág. 71

“Ese pasado mismo en el que pensaban continuamente sólo tenía el sabor de la nostalgia. Hubieran querido poder añadirle todo lo que sentían no haber hecho cuando podían hacerlo, con aquel o aquellas que esperaban, e igualmente mezclaban a todas las circunstancias relativamente dichosas de sus vidas de prisioneros la imagen del ausente, no pudiendo satisfacerse con lo que en la realidad vivían. Impacientados por el presente, enemigos del pasado y privados del porvenir, éramos semejantes a aquellos que la justicia o el odio de los hombres tienen entre rejas.”

Pág. 72

“Esta situación les permitía considerar sus sentimientos con una especie de febril objetividad, y en esas ocasiones casi siempre veían claramente sus propias fallas. El primer motivo era la dificultad que encontraban para recordar los rasgos y gestos del ausente. Lamentaban entonces la ignorancia en que estaban de su modo de emplear el tiempo; se acusaban de la frivolidad con que habían descuidado el informarse de ello y no haber comprendido que para el que ama el modo de emplear el tiempo del amado es manantial de todas sus alegrías.”

Pág. 79

“El cansancio era la causa, él se había abandonado, se había callado cada día más y no había mantenido en su mujer, tan joven, la idea de que era amada.”

Págs. 120-121

“Pero el último cura rural que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias más que a demostrar sus excelencias.”

“Sin salir de la sombra, el doctor dijo que había ya respondido, que si él creyese en un Dios todopoderoso no se ocuparía de curar a los hombres y le dejaría a Dios ese cuidado. Pero que nadie en el mundo, ni siquiera Paneloux, que creía y cree, nadie cree en un Dios de este género, puesto que nadie se abandona enteramente, y que en esto por lo menos él, Rieux, creía estar en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal como es.”

“- Sí -dijo -, usted dice que hace falta orgullo, pero yo le aseguro que no tengo más orgullo del que hace falta, créame. Yo no sé lo que me espera, lo que vendrá después de todo esto. Por el momento hay unos enfermos a los que hay que curar. Después, ellos reflexionarán y yo también. Pero lo más urgente es curarlos. Yo los defiendo como puedo.”

Pág. 181

“Cree seriamente, estoy seguro de ello, que no puede ser alcanzado por la peste. Se apoya sobre la idea, que no es tan tonta como parece, de que un hombre que es presa de una gran enfermedad o de una profunda angustia queda por ello mismo a salvo de todas las otras angustias o enfermedades.”

Pág. 184

“Se envenenan la existencia en vez de estar tranquilos. Y no se dan cuenta de las ventajas que tienen. ¿Es que yo podría decir: después de mi condena haré esto o lo otro? La condena es un principio, no es un fin.”

Págs. 234-235

“Por eso me he decidido a rechazar todo lo que, de cerca o de lejos, por buenas o por malas razones, haga morir o justifique que se haga morir.”

“A partir del momento en que renuncié a matar me condené a mí mismo a un exilio definitivo.”

“He llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro.”

Pág. 241

“Esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir.”

Pág. 259

“Respondía […] que había siempre una hora en el día en la que el hombre es cobarde y que él sólo tenía miedo a esa hora.”

Págs. 268-269

“Sentía que su madre lo quería y pensaba en él en ese momento. Pero sabía también que querer a alguien no es gran cosa o, más bien, que el amor no es nunca lo suficientemente fuerte para encontrar su propia expresión. Así, su madre y él se querían siempre en silencio. Y ella llegaría a morir – o él – sin que durante toda su vida hubiera podido avanzar en la confesión de su ternura. Del mismo modo que había vivido al lado de Tarrou y estaba allí, muerto, aquella noche, sin que su amistad hubiera tenido tiempo de ser verdaderamente vivida. Tarrou había perdido la partida, como él decía, pero él, Rieux, ¿qué había ganado? Él había ganado únicamente el haber conocido la peste y acordarse de ella, haber conocido la amistad y acordarse de ella, conocer la ternura y tener que acordarse de ella algún día. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera eso a lo que Tarrou llamaba ganar la partida!”

Pág. 272

“Rambert no tuvo tiempo de mirar esta forma que corría hacia él y que se arrojaba contra su pecho. Teniéndola entre sus brazos, apretando contra él una cabeza de la que no veía más que los rizos familiares, dejaba correr las lágrimas, sin saber si eran causadas por su felicidad presente o por el dolor tanto tiempo reprimido, y seguro, al menos, de que ellas le impedirían comprobar si aquella cara escondida en su hombro era con la que tanto había soñado o acaso la de una extraña. Por el momento, quería obrar como todos los que alrededor de él parecían creer que la peste puede llegar y marcharse sin que cambie el corazón de los hombres.”

Pág. 276

“Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas, en el mar, en los países libres y en el peso vital del amor. Y hacia aquella patria, hacia la felicidad, era hacia donde querían volver, apartándose con asco de todo lo demás.”

Pág. 285

“Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.”

“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.”

2007/11/25

Presión en mis yemas

El sol se despide de nosotrxs. Sus últimos rayos nos abrazan antes de ocultarse tras el lejano horizonte, antes de hundirse en las tranquilas aguas que ansiosamente lo esperan. Nos deja con la Luna, con ella y la cálida brisa que, como olas, crea caprichosas formas en la campa donde nos encontramos. Cada una de las hojas bailan en una danza incierta, tanto como hermosa. No hay nadie en esta loma, tan cerca de todo y tan lejos de nada. Es hora de cenar, todo el mundo está en sus casas disfrutando de copiosos manjares, o buscando en la basura. Paradojas de la riqueza. Da igual, lo importante es que no hay nadie que nos moleste.


Apoyado a en un arbol, el único, al parecer, ella se encuentra sentada entre mis piernas. La abrazo con fuerza, la mantengo cerca, huelo su pelo, dejo que esa fragancia, única, me invada, se adueñe de mí por un instante y pierda toda consciencia. Las yemas de mis dedos se pierden en su cabello, desaparecen en forma de caricias. Una pregunta formulada como susurro alcanza su oído y, con el debido permiso, corren hacia la cadera mis manos, juegan con el límite marcado por unos finísimos pantalones. Haciendo caso omiso de cualquier frontera, leves gemidos hago llegar. Dulces ellos, los percibo intercalados con húmedos besos en mi cuello.

Se tumba, me tumbo a su lado. Siguiendo con el placentero juego, acabo sentado sobre ella. Mis manos sobre sus pechos. Las suyas en mis culos. Siento una fuerza arrastrando mis huellas, hasta situarlas alrededor de su mandíbula. Ella me sonríe. Aprieto. Sus labios se tornan mueca. Con todas mis fuerzas. Mueve las piernas, agita su brazos, intenta gritar, levantarse. Los dedos casi amortados. Al fin para. Con los dedos temblando cierro sus ojos, esos grandes ojos.

La he matado. He matado a mi ilusión, mi sueño, mi esperanza. ¡Por fin lo he conseguido! Tanto tiempo escondiéndome, perdiendo tiempo de estudio y trabajo para nuestros paseos secretos, ocultas conversaciones, paraísos temporales. Tantas noches en vela imaginando nuestro próximo encuentro, reviviendo el placer robado. Por fin lo he conseguido, pero, ¿por qué lo he hecho?

Terrorismo poético

Hakim Bey

BAILES INVEROSÍMILES EN CAJEROS automáticos nocturnos. Despliegues pirotécnicos ilegales. Land art, obras terrestres como extraños artefactos alienígenas desperdigados por los parques naturales. Allana moradas pero en vez de robar, deja objetos poético-terroristas. Secuestra a alguien y hazlo feliz. Elige a alguien al azar y convéncele de ser el heredero de una inmensa, inútil y asombrosa fortuna -digamos 5000 hectáreas en la Antártida, o un viejo elefante de circo, o un orfanato en Bombay, o una colección de manuscritos alquímicos-. Al final terminará por darse cuenta de que por unos momentos ha creído en algo extraordinario, y se verá quizás conducido a buscar como resultado una forma más intensa de existencia. Instala placas conmemorativas de latón en lugares (públicos y privados) en los que has experimentado una revelación o has tenido una experiencia sexual particularmente gratificante, etc. Ve desnudo como un signo.

Convoca una huelga en tu escuela o lugar de trabajo sobre las bases de que no satisfacen tus necesidades de indolencia y belleza espiritual.

El arte del graffiti prestó cierta gracia a los laidos subterráneos del metro, y a los rígidos monumentos públicos; el TP también puede ser creado para lugares públicos: poemas garabateados en los lavabos del juzgado, pequeños fetiches abandonados en parques y restaurantes, arte en fotocopias bajo el limpiaparabrisas de los coches aparcados, Consignas en Grandes Caracteres pegadas por las paredes de los patios de recreo, cartas anónimas enviadas a destinatarios conocidos o al azar (fraude postal), retransmisiones piratas de radio, cemento fresco...

La reacción o el choque estético provocados por el TP en la audiencia han de ser al menos tan intensos como la agitación propia del terror -asco penetrante, excitación sexual, asombro supersticioso, angustia dadaesca, una ruptura intuitiva repentina- no importa si el TP va dirigido a una sola o a muchas personas, no importa si va "firmado" o es anónimo, si no transforma la vida de alguien (aparte de la del artista) es que no funciona.

El TP es un acto en un Teatro de la Crueldad que no tiene ni escenario, ni filas ni asientos, ni localidades, ni paredes. Con objeto de que funcione en absoluto, el TP debe desvincularse categóricamente de toda estructura convencional del consumo del arte (galerías, publicaciones, media). Incluso las tácticas de guerrilla situacionistas de teatro callejero resultan ya demasiado conocidas y previsibles.

Una seducción exquisita -conducida no sólo por la causa de la mutua satisfacción sino también como acto consciente en una vida deliberadamente bella- puede ser el TP definitivo. El terrorista P se comporta como un estafador cuyo objetivo no es el dinero, sino el CAMBIO. No hagas TP para otros artistas, hazlo para gente que no repare (al menos por un momento) en que lo que has hecho es arte. Evita las categorías artísticas reconocibles, evita la política, no te quedes a discutir, no seas sentimental; se implacable, arriésgate, practica el vandalismo sólo en lo que ha de ser desfigurado, haz algo que los niños puedan recordar toda la vida -pero no seas espontáneo a menos que la musa de TP te posea-.

Vístete. Deja un nombre falso. Se legendario. El mejor TP está contra la ley, pero que no te pillen. Arte como crimen; crimen como arte.


Extraído de “CAOS: Los pasquines del anarquismo ontológico” (1985), publicado también posteriormente como parte de su trabajo más conocido: “TAZ: Zona temporalmente autónoma, Anarquía ontológica, Terrorismo Poético” (1991).

Podéis encontrar más información sobre el autor en la wikipedia, ya sea por medio de “Hakim Bey” o “Peter Lamborn Wilson”.

2007/11/20

Soledad que te pegas a mi alma

Este finde ha sido raro, muy raro. Ahora mismo estoy jodido. Físicamente, pues los horarios han brillado por su excentricidad. Largas horas de sueño impulsadas por la apatía, y extrema actividad a horas poco convencionales. Pero, sobre, todo, emocionalmente. He revivido sensaciones que creía superadas ya [1]. Comecocos hace tiempo concluidos [2]. Rompecabezas descifrados [3]. Puzzles con esfuerzo y paciencia solucionados [4]. He estado solo en compañía, pero solo al fin y al cabo [5]. Con necesidad de ahogar entre abrazos, pero sin un mísero peluche a mano. Ganas de llorar, recámara cargada de acuosas balas, pero incapaz. Mezcla de enfado y odio. Para conmigo. Para con el mundo entero.

La lista de quehaceres para estos días, como no podía ser de otra manera: interminable. Las ganas de hacer nada: nulas. Así pues, tras mucho zanganear, y con poco sueño debido al tiempo que ha reposado mi cuerpo, me he dispuesto a reordenar la leonera que habito.


Aunque ya tenía cierto conocimiento de ello, he podido constatar que el “síndrome de Diógenes” [6] dormita en mi interior, esperando el momento adecuado para salir. ¡No es ni normal la mierda que había! Documentos almacenados desde hace más de cinco años. Lo cual es todo un mérito, teniendo en cuenta la longevidad de mi habitación y la trascendencia que pudieran tener. En el rato que he dedicado a ello han aparecido: la factura del regalo de cumpleaños de una compañera; documentación variada sobre el TAV [7] y la estación intermodal de Abando, acompañada de invitaciones para una ponencia; recopilación impresa y encuadernada de todo los artículos que otrora publicara Ramón Buenaventura en el, por entonces, suplemento “El Semanal” [8]; recopilación de todos los manuales que con recelo imprimía y clasificaba durante aquellos años en que empezaba a vivir la informática; un sobre marrón en estado de putrefacción donde guardo cada fragmento de una batalla perdido a modo de cartas y conversaciones; mis primeras cintas de casete grabadas canción por canción, identificadas como “SKA-P 1”, “SKA-P 2”, “Hertzainak” y “Carlos Vives”; folios y folios llenos de fotografías sobre kortxo, surf y skate que pegara cuando apenas contaba la docena; un montaje fotográfico que mi tío hizo a sus dos sobrinos ciclistas, por aquel entonces, cuando yo le preguntaba cómo configurar tal o cual cosa, él fue quien me ayudó a crear mi primera cuenta de correo, no sabía qué estaba haciendo…

Recuerdos de toda una vida, toda la que puedo recordar, de sentimientos encontrados, de nostalgia, orgullo y, una vez más, desamparo. Aprovechando la tregua que las temperaturas nos han concedido, chaqueta al hombro, el muro [9] ha recibido mi visita. Más silencioso que nunca y totalmente cubierto, no le ha quedado más remedio que oír mis plegarias en forma de versos memorizados y calentar inconscientemente mi alma.

He vuelto con paso delicado y dubitativo, mirada perdida, cabeza viva y, bajo la mirada de una “Ardilla roja” [10], he sucumbido ante la llamada de Morfeo [11].

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[1] Incomprensible maravilla
[2] Flashback a la perdición
[3] Una velada maravillosa
[4] ¡Qué joven e iluso era!
[5] Game over, you failed
[6] Síndrome de Diógenes
[7] http://sindominio.net/ahtez
[8] http://www.xlsemanal.com
[9] Noches de domingo
[10] http://es.wikipedia.org/wiki/La_ardilla_roja
[11] http://es.wikipedia.org/wiki/Morfeo