2008/01/31

Grabaciones

Hay películas sin grandes explosiones, ni superhéroes, sin estrellas de la gran pantalla, ni asombrosos efectos especiales, sin llamativos despliegues comerciales. En ellas los lugares no son mundialmente conocidos, las tramas no resultan increíbles. Son cinta más modestas, casi desconocidas para muchísima gente. Difícilmente llegarán a engrosar la lista de las mejores, ni recibirán ostentosos premios en las galasmás codiciadas. Filmaciones que por extraño guión, tomando extraño por poco usual, por los cambios que dan, por las fotografías que regalan y su peculiaridad narrativa, te dejan una extraña sensación al ver pasar los créditos. Después de mantenter tus aurículas bombeando impetuosamente de principio a fin, dejan el cuerpo inmóvil, atónito ante las letras que, sin prisa pero sin pausa, recorren la pantalla. Personajes que te absorben, que transmiten sus sentimientos, sus preocupaciones, sus sueños, sus ansias. Consiguen hacerlxs tuyxs, desearlxs, esperarlxs. Situaciones capaces de habitar tu retina horas después de vistas. Acciones okupando las neuronas entre porqué, cómos, quienes. En guerra eterna contra la indiferencia, bajo la bandera de la estupefacción.

Hay grabaciones que son el sol de la media noche.
Son otro mundo [1].


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[1] Los amantes del Círculo Polar – Julio Médem

2008/01/28

Sinestésico pavor

Gritan mis ojos, húmedos sollozos se desprenden de unas deprimidas pupilas. Lloran mis oídos, con esféricas lágrimas enceradas que suavemente recorren mi cuello. A través de las delicadas yemas, huelen mis manos. Soy presa de un brutal ataque sinestésico, incomprensible, pavoroso, pero ciertamente placentero. Condéname a proyectar en silencio caprichosas geometrías sobre la densidad de una lengua perdida.


Gritan porque nadie percibe sus sollozos, ni siquiera ella, culpable de cada uno de ellos. Lloran al contemplar la indiferencia a mi paso, al verse conocedores de la ignorancia que la corroe. Huelen su piel con cada roce, aprovechando la menor posibilidad, sin que siquiera sospeche de tal acción.

Es por eso inevitable la dualidad de sentimientos. De saberlo, desaparecerían estas sensaciones producidas por la incertidumbre, por el macabro cariz del secreto, del riesgo tan inexistente como perceptible. Perdería toda su gracia. Dejaría de disfrutar de dulces rectángulos, cubos con sabor a fresa, y todos esos hipercubos empapados en vainilla. Mantenerlas supone aceptar la imposibilidad de mayores, condena al eterno disfrute de la observación, pero goza del atractivo producido por la seguridad. Seguiremos así por un tiempo. Total, tampoco se está tan mal.

Confundiendo sonidos y colores, Paulo Coelho

Vergüenza

Me repatea el exceso de vergüenza. Aunque no en grandes cantidades, me saca de quicio esa invisible y extraña fuerza que impide dar un paso adelante, aun viendo que la balanza se decanta por ello. Esa cadena que mantiene el cuerpo anclado al suelo, evitando ilógicamente abrir la boca, acercarla, mover un brazo, rodear con él.

Pero todavía más desprecio me produce la total ausencia de ésta. Ya he dicho en alguna ocasión que creo imposible decir siempre las cosas a la cara tal como se piensan. De hecho, sigo pensando que muchas veces no lleva a buen puerto y es mejor estarse calladx. No voy a retractarme de ello en esta ocasión, ni a magnificarlo. Simplemente me gustaría hacer una pequeña apología de la discreción, y, ya que estamos de la coherencia.


Supongamos que tenemos un grupo de católicxs practicantes que cada semana se juntan para leer fragmentos de Biblia y disfrutar de la compañía afín durante un rato. Unx de ellxs no está del todo convencidx de sus ideas. Éstx se relaciona especialmente con otrx, con quien tiene un poco más de confianza y le revela sus dudas. Durante un tiempo, nadie más tiene conocimiento de ello. Pasados unos meses, se aburren de la dinámica, la rutina les corroe, y en vista de que tienen pocas alternativas de ocio, para hacer la gracia, se lo comenta al resto del grupo. Ven gracioso crucificarlx, pasa a ser atex convencidx para todxs, vade retro. Ponen carteles en el portal de su casa, le impiden acercase a las reuniones, se niegan a establecer cualquier comunicación. Es divertida la cuestión. Últimamente habían sucedido ciertos roces que debilitaban la unidad reinante durante las primeras sesiones. Así, con esta noble causa, han conseguido reunificarse.

Con el tiempo, y por causas de fuerza mayor, no le queda más remedio que buscarse otro grupx de gente un poquillo más normal. Feliz o no, esa es una cuestión difícil de valorar, se busca otra secta con la que reunirse. En esta no leen novelas, adoran a un personaje rubio formado por bits.

El caso es que, y aquí llega la parte divertida, un buen día lees atónitx que la misma persona que vió conveniente revelar un “detallito” para divertirse un rato, le invita amablemente a volver a sus reuniones, como si nada hubiera pasado. La pregunta obligada es ¿se puede saber dónde se ha quedado tu vergüenza? ¿se les olvidó a tus padres marcar la casilla cuando te encargaron?

Llevaba tiempo sin meter la boca en ciertas cuestiones, pero no he podido evitarlo. Me hierve la sangre al ver tal nivel de sinvergonzonería. Me pongo en la situación y lo único que se me ocurre es solicitar al suelo que se divida a mis pies y me haga desaparecer. Una cosa es la falsedad, otra repartir monedas de siete euros por la calle. Somos libres de poner a parir a quien queramos, eso creo vamos. Y también de querer a todo quisqui, si así lo vemos conveniente. Pero, por favor, un poquitín de decencia. Sólo un poco. ¿Es tanto pedir?

2008/01/25

Perdón por ser viejo

¡Ya dan de sí las salas de espera! Hace tiempo, la penúltima vez que estuve en la del ambulatorio de mi pueblo, quedé ensimismado con una familia. Bueno, vale, tengo que admitirlo, con la madre. Hoy he vuelto, y no ha sido para mí una visita indiferente.

Cuando he llegado, tarde ya, estaba hasta los huevos la estancia. Así pues, como no podía estar sentado, me he ido a la zona de pediatría. Suena lejano, pero sabrá quien haya visto el asombroso tamaño del edificio, que no. Es más, se trata de dos asientos un poco separados, en un recoveco. Como no había pedido hora ni nada, no estaba como para despertarme a las 8, tenía que esperar a que el médico terminara de pasar consulta. Sabiéndolo, me he llevado lectura, así que he estado entretenido.


Pasado un tiempo, no sé cuanto, pero el suficiente, me he desplazado a la sala, donde ya había sitio. Estábamos sólo un matrimonio mayor y yo. Mientras seguía leyendo, me ha llamado la atención la respiración del hombre, profunda, sonora. La paciente que estaba con el médico ha hecho ademán de salir y el matrimonio se ha dispuesto a entrar. He reparado en el hombre, por segunda vez. Andaba a pasitos muy cortos, con un visible tembleque en las manos, que transmitía al bastón y, a su vez, al suelo. Al pasar por mi lado se han detenido, para esperar que terminara la anterior, pues seguía dentro. El señor ha reparado en un objeto cuadrado y rojo que estaba en la pared. Tenía una tapita y un pulsador. Ha intentado levantar la tapa, pero, la que supongo sería su mujer, se lo ha impedido. Lo ha vuelto a intentar unas cuantas veces, hasta que la señora se ha tenido que enfadar y mandarle apartar. Él ha agachado la cabeza, como un niño consciente de que algo ha hecho mal, y ha permanido quito, mirando la suelo. Le ha explicado más tarde que eso era una alarma de incendios, que no puede darle así porque sí...

La escena me ha marcado. Quizá la naturaleza ha leído ese texto atribuído a Quino [1], y haya decidio aplicarlo, aunque sea parcialmente. No he podido evitar recordar las líneas firmadas por Julio Acebedo Flórez que tan incómodo me hacen sentir cada vez que las leo. Me transmiten miedo y pena, me producen ternura, me critican duramente, y me alaban enfáticamente. Sensación argidulce, placentera e insoportable, la que esa escena de un niño encerrado en sus setenta años y preso de la demencia, me ha provocado.

Por favor, perdonadme a mí también para cuando sea viejo.

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[1] La vida según Quino

“Pienso que la forma en la que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: uno debería morir primero, para salir de eso de una vez. Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrandas, drogas, alcohol, diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estás listo para entrar a la secundaria. Después pasas a la primaria y eres un niño(a) que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo. Luego pasas a ser un bebé y vas de nuevo al vientre materno y ahí pasas los mejores y últimos nueve meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo. ¡Esto sí que es vida!"

Por idiota

Mira que me lo han dicho veces: Unai, átate bien las playeras, que sino vas a pisar mal y te vas a hacer una avería. Con los años dejaron de hacerlo y claro, ahora se me olvida. Así, de la manera más tonta me he jodido la pata izquierda para un par de semanas. Aprovechando el estrés de los exámenes, fuimos ayer a escalar a las peñas (ésas que se ven desde el muro de los domingos). Después de haber terminado una vía, me senté a mirar, me quité los gatos y me puse las playeras, para no tener frío en los pies. A un compañero no le salía el principio, me acerqué, hice un par de pasos y tranquilamente salté a una piedra inclinada e irragular. Dos y dos: al suelo. En el momento me mareé un poquillo, pero se me pasó y, como estaba caliente, el tobillo, no yo, pude seguir escalando.


A la tarde en casa, se hinchó un poquillo y empecé a cojear un poco más. Hoy a la mañana he decidido ir al médico, por pasar el rato más que nada. El diagnóstico bastante simple. De hecho lo he hecho yo antes de entrar a la consulta. Tobillo para cuenca, esguince majo, bendar y reposo durante diez días. Al final han resultado ser quince, y vienen unas pastillas en el pack, junto con sesiones de hielo. Me ha mandado al piso inferior, de visita al practicante.

Me lo he encontrado leyendo el periódico tranquilamente en su mesa: Roberto, levanta. Me han dicho arriba que no haces nada y te tengo que dar algo de trabajo. Me ha puesto una especie de telita, para no depilarme, ha dicho. Aunque en la pantorrilla se ha quedado corto, porque me tira que da gusto. Luego venda, por un tubo. Al final me ha dado una especie de malla para cubrirmela. Explicación cuasitextual: como duermes solo, tampoco te hace mucha falta, pero bueno, por si acaso... Me ha comentado también que, si puedo, lleve botas. He estado pensando en ello y lo mismo aprovecho, me vuelvo a rapar, le quito un par de camisetas a mi hermano y me pillo unas como estas.

Resúmen: que no voy a poder subir al Pagasarri en unos días, ni bailar en ninguna discoteca, con las ganas que tenía yo... Me limitaré a tirarme en cierto local, a probar los nuevos crêpes que hacen y a trabajar un poquillo más en casa.