El otro día, después de llegar de no sé dónde o hacer no sé qué, me quedé solo en casa. Bajé la persiana que durante el día impide a los rayos quemar mi piel, cerré la puerta para que ningún alma errante entrara a mi redil, puse a tope la banda sonora de “Réquiem por un sueño” y me tumbé sobre la cama.

Yacía allí, sonaba “Summer overture”, y pensé en lo guapo que sería echar el palo con esa música marcando ritmo. La música ambiente que normalmente me agrada está más cerca de un “Hoy te la meto hasta las orejas” (Extremoduro), “Alucinante” (Platero y tú) o “Un perro como tú” (Poncho K). Canciones bastante más explícitas, todo hay que decirlo. “El roce de tu cuerpo” (Platero y tú) para una reconciliación, seguida de “Corazón de tango” (Doctor Deseo). O “La vereda de la puerta de atrás” (Extremoduro) junto con “Ama, ama, ama y ensancha el alma” (Extremoduro) para un momento bobalicón. Resulta más fácil, pero, que los pulsos de mi cuerpo sigan el ritmo de una base marcada que el de una guitarra eléctrica. La batería queda cubierta por la voz en el orden de prioridades, por lo que tampoco resulta un punto de referencia válido.
Allí estaba yo, tumbado en la cama, boca arriba, en estado quasiletárgico e imaginando un polvo hasta el culo de éxtasis con luz ténue, cuerpos sudorosos, y “Party” taladrando mi cerebro, moviendo mis brazos, mis dedos, mis llemas, moviéndome, “Lux Aeterna” agitando mi pecho, mi pelo, mis piernas, agitándome, guiando mis labios, mis pensamientos, guiándome.
En fin, algún día.
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