Lucía un vestido blanco con motivos azules que alcanzaba casi las rodillas. Lo intentaba constantemente, pero sin conseguirlo. Los brazos al descubierto, gracias a los tirantes que sostenían la prenda, y el pecho debidamente cubierto. Muy recatada. Éste, de la justa medida, ligeramente por debajo del cánon, pero bien puesto.
Las piernas, ampliamente visibles desde mi prespectiva, largas, finas, aunque marcadas, terminaban en unos zapatos, también blancos, a juego con el vestido y en contraste con la piel, que dejaban ver gran parte del empeine. Aparentaban ser cómodas, sin embargo, con buena suela y protección. Cualidades ambas necesarias, pues los dos hijos parecían requerir bastante atención.

A éstos se dirigía amable, cálida pero tajantemente. El primero rondaría los dos años, calculo yo. Andaba y hablaba, pero sin excesiva fluidez. El peto en concordancia con la vestimenta de la madre y su gracioso chupete le concedian una apariencia afable. Estaba a su bola, con la mirada perdida, pensando en quién sabe qué.
El mayor, más movido, no paraba de dar vueltas y tocarlo todo. Miraba por la ventana, se acercaba a las macetas, intentaba abrir todas las puertas que rodeaban la estancia, visitaba el baño, le enseñaba a su madre todo lo que encontraba...
Ésa fue la estampa que me cautivó en mi última visita al médico. No pude evitar observar lentamente a lxs tres durante los veinte minutos que estuve en la sala de espera. Creo que ella se dio cuenta, y me lanzó un par de miradas un tanto incómodas. Tampoco les hice mucho caso entonces.
Si tuviera que elegir una estampa para mi familia dentro de un periodo de tiempo indeterminado, no me importaría que fuera ésa. Aunque, quizá resultaría demasiado pronto. Ya veré. Tengo mucho tiempo hasta entonces. Y muchas cosas que hacer.
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