
Apoyado a en un arbol, el único, al parecer, ella se encuentra sentada entre mis piernas. La abrazo con fuerza, la mantengo cerca, huelo su pelo, dejo que esa fragancia, única, me invada, se adueñe de mí por un instante y pierda toda consciencia. Las yemas de mis dedos se pierden en su cabello, desaparecen en forma de caricias. Una pregunta formulada como susurro alcanza su oído y, con el debido permiso, corren hacia la cadera mis manos, juegan con el límite marcado por unos finísimos pantalones. Haciendo caso omiso de cualquier frontera, leves gemidos hago llegar. Dulces ellos, los percibo intercalados con húmedos besos en mi cuello.
Se tumba, me tumbo a su lado. Siguiendo con el placentero juego, acabo sentado sobre ella. Mis manos sobre sus pechos. Las suyas en mis culos. Siento una fuerza arrastrando mis huellas, hasta situarlas alrededor de su mandíbula. Ella me sonríe. Aprieto. Sus labios se tornan mueca. Con todas mis fuerzas. Mueve las piernas, agita su brazos, intenta gritar, levantarse. Los dedos casi amortados. Al fin para. Con los dedos temblando cierro sus ojos, esos grandes ojos.
La he matado. He matado a mi ilusión, mi sueño, mi esperanza. ¡Por fin lo he conseguido! Tanto tiempo escondiéndome, perdiendo tiempo de estudio y trabajo para nuestros paseos secretos, ocultas conversaciones, paraísos temporales. Tantas noches en vela imaginando nuestro próximo encuentro, reviviendo el placer robado. Por fin lo he conseguido, pero, ¿por qué lo he hecho?
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